lunes, 1 de diciembre de 2014

El arzobispo Palafox enemigo de Los Seises


Don Jaime Palafox y Cardona (Ariza (Zaragoza), 1.642 – Sevilla, 1.701), hijo del conde de Ariza, había estudiado teología en la Universidad de Salamanca y Cánones en la de Zaragoza, siendo nombrado en esta misma ciudad rector de su Universidad, rechazando el ofrecimiento de convertirse en obispo de Plasencia (Cáceres). Más adelante, fue nombrado Arzobispo de Palermo el 8 de noviembre de 1.677, cargo que ocupó hasta el año 1.684.

Durante su estancia en Palermo conoció los escritos del místico Miguel de Molinos, publicados bajo el nombre de “Guía Espiritual”, y los consideró de gran interés pastoral, hasta el punto de colaborar activamente en su primera edición y escribir una alabanza de su autor que se incluyó en el libro a modo de prólogo.

Palafox  fue nombrado Arzobispo de Sevilla el día 13 de noviembre de 1.684 y tomó posesión del cargo el 15 de febrero de 1.685. Poco después la Inquisición condenó la doctrina de Miguel de Molinos, por lo que Palafox se encontró en una situación muy delicada.

A pesar de todo ello defendió públicamente la doctrina molinosista, lo que provocó que algunos de los colaboradores directos del Arzobispo fueran condenados a diferentes penas, como Antonio de Pazos, visitador de monjas del Arzobispado, que tuvo que retractarse, salir en auto de fe celebrado el 10 de mayo de 1.687 y sufrir la pena de destierro. También fue detenido por la Inquisición Juan de Bustos, canónigo de la Iglesia del Salvador, que murió en prisión.

Finalmente, tras la condena definitiva por la Inquisición a Miguel de Molinos, que pasó el resto de su vida en prisión, el mismo Arzobispo tuvo que retractarse, en el otoño de 1.687, en una carta pastoral en la que llamó a su antiguo y admirado amigo Miguel de Molinos “Hijo de maldad y de perdición, infernal monstruo y pérfido miserable”.

Al margen de estos incidentes, Jaime de Palafox era un hombre de fuerte carácter y la verdad es que era para echarse a temblar ante su presencia y desde sus primeros años como Arzobispo de Sevilla tuvo varias disputas con su propio Cabildo, algo natural en una persona dominada por un genio tan vivo que con frecuencia chocaba contra algunas costumbres que el prelado consideraba, si no licenciosas, sí contrarias a las buenas costumbres y al recato que deben presidir cualquier relación con la Iglesia.

Ocurrió con las danzas de los “seises” durante el Corpus, que Palafox se propuso suprimir, aun corriendo el riesgo de ser mal visto por el pueblo sevillano. Enemigo declarado de estas danzas que, con motivo de la festividad del Corpus, se celebraban en la Catedral, puso todo su empeño en impedir que los danzantes traspasaran las puertas del recinto sagrado, lo que en más de una ocasión produjo alteraciones del orden público, como así lo atestigua Justino Matute en sus “Noticias relativas a la ciudad de Sevilla”:

“Volviendo la procesión del Corpus, cuya festividad cayó este año (1.697) a 6 de junio, y estando las comunidades de San Francisco y Santo Domingo formadas en la Catedral para que pasase la Custodia, fueron entrando uno a uno los danzantes por entre los religiosos, y algunos tocaban las castañuelas y panderetas como en acción de bailar.

Los diputados de la procesión, que vieron esto, les previnieron muy seriamente que no bailasen; mas ellos daban pocas muestras de obedecer y fue necesario notificárselo, llevando al efecto dos escribanos públicos que dieron fe de ello. En esto entró la Custodia y al llegar a la puerta de los Naranjos, los danzantes soltaron sus pies y sus manos y fueron bailando delante de su Divina Majestad hasta que llegó al sitio donde posa, en el trascoro; allí todavía cada danzante de por sí siguió bailando, y fue preciso que el teniente mayor, con voces descompuestas, los mandó que saliesen, y luego puso preso a algunos…”.

El Arzobispo Palafox adoptaba una actitud hostil a las danzas y al baile de los seises  dentro de la Catedral, por creerlas irreverentes, por cuya desaparición abogó, llegando a poner en peligro la permanencia de los niños de coro que, por especial privilegio, bailaban cubiertos delante del Santísimo.

Las razones alegadas por el Cabildo para oponerse a los deseos del Arzobispo no podían ser más ponderadas y razonables, dado que no se trataba de una simple gorra o sombrero, como ocurría en el caso de los danzantes profanos, sino de un sombrero con plumas, que asemejaban guirnaldas y éstos eran de la misma tela y galones de los vestidos. Por otra parte, era costumbre que quienes hacían representaciones ante los reyes y monarcas actuaran de la misma manera, ya que se trataba del proceder ordinario.

Como consecuencia, el cabildo decidió, el día 15 de julio de 1.701, que se defendiese su tan antigua posesión, judicial y extrajudicialmente, lo que no significaba garantía alguna por cuanto el Arzobispo Palafox había hecho cuestión de gabinete el caso de los niños danzantes, decidido a terminar de un plumazo con tan arraigada tradición sevillana.

El caso llevaba trazas de terminar de la peor manera, es decir, con la extinción de los seises, de no ser porque el 2 de diciembre de 1.701 el Arzobispo entregaba su alma al Todopoderoso y con ello quedaba en suspenso el pleito.

Ocupada la silla arzobispal por don Manuel Arias y Porres, éste atendió las apelaciones del Cabildo, dictando que todas las diferencias promovidas por Palafox se habían de dar por extinguidas.

Para muchos fue una gran desgracia el fallecimiento del celoso y soberbio prelado don Jaime de Palafox, pero con ella los seises de Sevilla se libraron de una desaparición largamente anunciada.

Los niños cantores en las iglesias suponen una tradición muy antigua. Tras la reconquista de Sevilla, la Ciudad contaría con la presencia organizada de cuatro o seis mozos de coro para la liturgia solemne, costumbre que se iba extendiendo por España. La autorización para emplear a estos niños cantores viene dada a instancias del Cabildo sevillano por bula del Papa Eugenio IV en el año 1.439. Además, el 27 de junio de 1.454 el Papa Nicolás V concedió a la Catedral de Sevilla un maestro de canto para los niños.

En la segunda mitad del siglo XV se generaliza que sean seis niños. A principios del siglo XVI ya se conocen como seises en toda España y en Sevilla se llamarán así desde la segunda mitad del siglo XVI. Estos niños vivían con el Maestro de Capilla de la Catedral, recibiendo de él educación y manutención.

En el siglo XVII pasaron a vivir internos en colegios creados por los propios cabildos. En el caso de Sevilla fue el colegio de San Isidoro, más conocido como de San Miguel, donde ingresaron los seises el 1 de enero de 1.633 y que cerró sus puertas en el año 1.960. Desde el año 1.985 los seises pertenecen al Colegio Portaceli de la Compañía de Jesús.

No se sabe con precisión cuando empezaron a bailar los niños en la catedral de Sevilla, pero hay referencias de esto a principios del siglo XVI y lo hacían los niños de manera esporádica e imprecisa durante la procesión del Corpus. En el año 1.654 se decide dotar a la festividad de la Inmaculada de ese honor.

El traje que usan los seises es muy llamativo, con detalles dorados, mallas, pantalones abombados y chaquetillas. Como curiosidad, el traje incorpora detalles celestes en la festividad de la Inmaculada. Actualmente, la formación de los seises está compuesta por diez niños.

En sus comienzos, vestían de pastorcillos con una pelliza que mostraba la lana del cordero, calzones cortos y unos borceguíes o botas de piel de becerro. Originariamente los seises bailaban con el adufe o pandero, instrumento muy popular en Sevilla en épocas antiguas, pero con el tiempo este instrumento fue sustituido por unas castañuelas.

En todos los actos que participan realizan tres bailes. El primero en honor del Santísimo Sacramento o para la Virgen María. El segundo en honor del Arzobispo. Y el tercero para las autoridades y el pueblo.

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